En una de mis clases de Historia del Arte, a la que presté mucha atención por el tema que se explicó esa semana, fue sobre el rococó como corriente artística, que surgió del Barroco Tardío en la década de 1730 en la elegante y refinada Francia monárquica.
Esta era es una de mis favoritas; mis razones son algo simples: la estética visual tan elegante, con colores pasteles y personas alegres, me hacen querer vivir en esa época, tener un hermoso vestido con muchos encajes y vuelo, zapatillas de tacón y tocados en la cabeza. Parece una fantasía, y gracias a las pinturas de esa época y su estética, llegué a creer que todo era tranquilo y de colores pastel en ese tiempo... Cuando fui creciendo, me di cuenta de que incluso los aristócratas tenían sus problemas, y que el Palacio de Versalles no fue siempre un maravilloso lugar: sí había muchas fiestas, pero también deficiencias de salubridad y falta de fidelidad entre parejas...
En la clase, nos pusieron imágenes de diferentes autores para ilustrarnos sobre esta corriente artística, como “Retrato de una Dama” de Jacopo Amigoni, “Embarque para Citerea” de Jean-Antoine Watteau, y por último, mi favorita, “Los Felices Azares del Columpio” o más conocido como “El Columpio”, del pintor francés Jean Honoré Fragonard. Al volver a ver esta pintura, me acordé de la primera vez que la vi, y fue en la película animada de Disney “Frozen” de 2013. Recuerdo la canción completa, y cómo Anna salta en un sillón, haciendo la misma pose que la protagonista del cuadro.
A Jean Honoré Fragonard se le encargó esta pintura por el barón Louis-Guillaume Baillet de Saint-Julien, quien quería un retrato de su amante, donde él fuera el que estuviera entre los arbustos observando debajo de la falda, y su amante fuera empujada por un obispo de la iglesia. Fragonard no iba a decir que no a tal encargo (al ser uno de sus tópicos pictóricos de preferencia), sin embargo, se tomó la libertad creativa de retirar la idea de que un alto mando de la iglesia estuviera envuelto en estos temas “obscenos” y, en su lugar, colocó a un marido cornudo.
Profundizando más en la obra, se puede observar a la chica en su vestido de tela de seda, siendo mecida por su marido en el columpio por unas cuerdas. Este mismo pareciera estar entre las sombras, y detrás de él lo que parece ser una construcción de rejas, la escultura de unos querubines observando preocupados, y un perrito blanco ladrando. Parece que le estuviera advirtiendo a su amo de la situación, y de hecho, los perros son símbolo de fidelidad.
La chica solo mira pícara hacia una dirección: su amor prohibido, su amante. Este, recostado entre los arbustos y escondiéndose del marido, disfruta frívolo la vista debajo de sus faldas y extiende su sombrero; puede interpretarse como si estuviera aceptando su propuesta, que la chica dejó en claro tirando su zapato izquierdo, ya que también suele ser un simbolismo de atracción y una invitación. Como en el Imperio Romano, donde el sultán solía tirar un pañuelo morado para indicar su interés sobre alguna concubina (como el sultán Suleiman).
Y, por último, el cupido en la esquina inferior izquierda: el dios del amor y el deseo, con su pulgar en los labios, haciendo silencio.
Esta obra se puede interpretar de diferentes formas, y no solo la de “la mujer seductora que está amarrada por un matrimonio de conveniencia (muy común en la época), pero aún así decide seguir el camino del deseo, la lujuria y lo prohibido a la vista de la sociedad”.
Hablando con mi pareja, llegamos a la conclusión de otras interpretaciones, como la duda entre la castidad (que sería el marido) y la libertad sexual (el amante), o las tareas vs dormir cinco minutos más. Esta última es con la que me identifico un poco más: el marido serían las tareas, proyectos y maquetas que debo terminar, pero el otro lado de la moneda serían mis ganas de llegar a la cama y simplemente dormir. Pero las tareas me jalan a no dormir, y no puedo detenerme porque es mi responsabilidad (aunque sea esa materia que no adoro del todo).
Al final, Fragonard logró su cometido: capturar la frivolidad, el deseo y la ironía del amor en una sola escena, que aún 248 años después de haber sido creada, sigue presente en la cultura popular como ícono de la estética del rococó.
Se ve su influencia en Disney en diferentes aspectos:
Otra película que tomó inspiración de este cuadro es “La Bella y la Bestia” (1991), en el concept art del filme; sin embargo, parece que solo se quedó en borrador.
En el video musical del subgrupo MISAMO (de Twice, donde sus tres integrantes son de nacionalidad japonesa) “Don’t Touch Me”, Mina hace una referencia directa a esta obra.
¿Y si hablamos de las millones de parodias que se han hecho? No acabo nunca, así que adjuntaré las que más llamaron mi atención.
También está la versión del autor digital Lothenan, donde reemplaza a los protagonistas originales de la obra por los personajes de la serie animada Steven Universe.
@whatthechatdraggedin en Tumblr.
@imagitory en Tumblr.
Y, por último, no podía faltar una parodia con los personajes de “Bridgerton”: Eloise y Cressida.
(No pude encontrar a la autora de la imagen).
Para concluir, “Los azares del columpio” es una obra destacada y referencial del arte rococó. Amo mucho las interpretaciones que uno puede sacar, y la manera en que el arte nos cuenta una historia a través de simbologías, colores y formas.
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